Video Aniversario 21 años Centro Cultural La Barraca (1989 – 2011) from Centro Cultural La Barraca on Vimeo.

El local de La Barraca fue el lugar donde se reunieron las y los vecinos para trabajar por  el restablecimiento de la democracia en la campaña presidencial y parlamentaria del 89. La gente empezó a llegar y a salir de su encierro.
Por eso una vez pasadas las elecciones un grupo de vecinas y vecinos empezamos a pensar qué sería lo más generoso que podría suceder en este local para los habitantes de La Florida y fue así como pensamos en un Centro Cultural.
Este nace con esa precaria democracia del 90 y con la esperanza de tantos años contenida. Nace en un lugar que fue barraca de madera por años. Sabíamos además sus fundadores, que el grupo de teatro de García Lorca se llamaba también La Barraca y así fue como el nombre nos acomodó. Nace con la estructura legal de una organización comunitaria.
La Barraca es un lugar de encuentro del que no tiene  mucho para vivir, con el que tiene un mejor pasar. Del que estaba muy solo y aislado, con aquel que tiene una larga trayectoria comunitaria, del que viene con los lagos del sur en su memoria, con el que se crió a orillas del desierto nortino; del que llegó a vivir a La Florida desde Pudahuel para habitar una villa nueva, hasta aquel que viniendo de un campamento de Las Condes, llegó una noche erradicado en un camión militar; del que traía penas a su haber y el que llegó para alegrar, el que teniendo 6 años de edad quiso escribir cuentos, hasta aquel que siendo ya mayor deseaba bailar tango.
Así se fue haciendo La Barraca, en la cultura de la diversidad y de la integración social.

Un sitio grande de unos 1.500 metros cuadrados, con una huella peatonal de cemento, 8 mediaguas de colores fuertes, apostadas a la espera de personas, una oficina alegre, un casino redondito y un galpón generoso.
Plantas, árboles y cada uno con su historia, traídos por una alumna o un socio, plantados por alguien que tuvo tiempo. Y el suelo, casi entero cubierto por piedrecitas grises y quebradas.

El aire filtrándose en invierno y el calor azotando en verano. Ni un papel en el suelo, las mediaguas enceradas, la gravilla regada a diario.

Salitas que con el correr del día se van llenando de pintores, artesanos, músicos, uno que otro escritor y bailarines de tango, de rock, de afro, de àrabe, de salsa, de flamenco, de cueca; señoras que van a pilates, a yoga o tarot.

Un galpón que se llena cuando hay Foros y Seminarios donde se tratan problemas comunales y nacionales, problemas sociales y humanos, con autoridades políticas y dirigentes sociales, con técnicos y filósofos, con historiadores y científicos, según sea el caso. Siempre en la perspectiva de una vida mejor….

Y los “Miércoles de la Tercera Edad”, un programa permanente para encontrarse entre mayores, para pensar la vejez y sortear sus problemas de la mejor manera. Para hacer actividades culturales y también lúdicas.

Se hacen también exposiciones artísticas, asambleas sindicales, -porque hoy a los sindicatos les cuesta mucho encontrar un espacio donde reunirse, especialmente a los trabajadores de Centros Comerciales y Supermercados -, reuniones de allegados, presentaciones de colegios, aniversarios de clubes deportivos, ensayos de grupos artísticos y mucho evento solidario los fines de semana: para el amigo enfermo o para aquella pareja que tuvo mellizos y había que comprar todo doble.
Y los talleres, 65 talleres distintos, con profesores de la comuna en su mayoría, que buscan aportar a otros vecinos sus conocimientos con gran generosidad y profesionalismo.
En las salitas y rincones de La Barraca hay muchos submundos: los tangueros, los gásfiter y electricistas que ocupan el patio los sábados en la mañana, los salseros que salen a bailar juntos los fines de semana, los niños de teatro apoyados por sus padres y muchos más…
Esto hace que transiten alrededor de 1.000 personas a la semana o más: 740 alumnos, 80 adultos mayores, 150 personas en un seminario, 200 personas en los eventos del fin de semana.
Vivimos siempre al día, con el temor y la preocupación permanente de tener dinero para pagar el arriendo y pese a todo, en 20 años, nunca nos hemos atrasado en el pago. Solo contamos con ingresos  producto de las matriculas de los talleres y de fiestas y bazares de beneficio y muy de tarde en tarde un pequeño proyecto.
Porqué llega la gente? Qué busca?
Busca sentirse acogida, estar con otros, aprender aquello que le gusta, crear sin pretensión ni inhibiciones, informarse y reflexionar en forma colectiva, bailar en un ambiente seguro.
No le afecta la precariedad del local, por el contrario, podríamos decir que le gusta y valora su sencillez.
Si bien, en estos 20 años de vida del Centro Cultural son muchas las manos, ideas y voluntades que han ido aportando a su construcción tampoco esto ha estado tan a la deriva.
No es posible un espacio como La Barraca, sin la existencia de un grupo humano capaz de pensarla, capaz de recrearla, capaz de gestionarla.
Su directorio y parte de sus socios han asumido voluntariamente esta tarea con responsabilidad. Se requiere estar pensando en lo que nuestros vecinos necesitan, aspiran, sueñan. Se requiere también pensar en lo que el país y la comuna necesitan. Los temores, las expectativas y las inquietudes van cambiando y no son las mismas las de las niñas y niños, que la de los jóvenes y los mayores.

Creemos que la sabiduría de La Barraca ha estado en ser capaz de complementar adecuadamente el desarrollo de un espacio para aspectos privados de quienes participan en el Centro Cultural con los sueños y aspiraciones colectivas que estas mismas personas tienen como habitantes de una comuna y un país.
Así mismo, ha tenido La Barraca la capacidad de generar a su interior un enorme respeto entre los niños, jóvenes y adultos que en ella participan. No se incomodan, por el contrario.

Hay un control social que habita La Barraca, sin autoritarismo, sí con reglas claras. Para prestar el local cada viernes y sábado en la noche por ejemplo, se exige horario tope y un volumen del sonido que no afecte el sueño de los vecinos, pero las personas se autorregulan y con cierta naturalidad asumen el local como algo que pertenece a todos, que hay que cuidar.

Aunque uno trate de racionalizar la existencia y calidad de este espacio, hay grandezas en él que no tienen más explicación que el respeto reverencial que tenemos a “la cultura”, a eso que no oprime sino que abre, a eso que no irrita sino que apacigua el alma, a eso que no separa sino que une.